Fuera, la luz dorada del atardecer acompañó las últimas conversaciones en la vereda. Algunos intercambiaron números; otros quedaron consultando las fichas digitales en sus teléfonos, ya poniendo en práctica la idea de usar la tecnología para mejorar la comunicación, no para reemplazarla.

La bienvenida estuvo a cargo de Rosa, la coordinadora, cuya voz cálida y pausada desató sonrisas y alivió nervios. Con una pizarra llena de post-its multicolores, explicó la filosofía del proyecto: encontrar herramientas concretas y aplicables para acompañar la crianza en tiempos de pantallas y cambios rápidos. “No venimos a juzgar —dijo—, venimos a armar estrategias que funcionen en la casa real, con hijos reales y rutinas imperfectas.”

El primer bloque fue participativo: padres y madres compartieron anécdotas breves sobre momentos en que la tecnología tensionó la convivencia. Un padre relató cómo el silencio de la casa, tras prohibir el teléfono, terminó en juegos de mesa improvisados; una madre contó la pequeña victoria de leer con su hija una historia cada noche antes de acostarse. Entre risas y algún que otro suspiro, emergieron patrones: reglas poco claras, límites inconsistentes y la sensación común de culpa por no saber “hacerlo todo bien”.

A mitad de la sesión apareció la especialista en psicología infantil por videollamada; con tono directo y tierno ofreció tres recomendaciones claras: mantener horarios constantes de sueño, separar dispositivos en zonas comunes por la noche y negociar límites con consecuencias acordadas. Lo valioso fue su insistencia en lo práctico: propuestas que las familias podían implementar esa misma tarde.